
Desde Santa Golifa de ses Baldragues recibimos, de esto hace ya unas horas y más de cuatro birras, un caso único, inquientante, misterioso.
Nuestra corresponsal dejóse la vista, la raya del culo pegada a la silla y tres euros en sellos de correos (no hay cobertura en Sta. Golifa) y nos hizo llegar a la redacción de Siete bueyes esta historia.
Felipa Muñones nació y creció en el seno de una familia acomodada. Asistió a los mejores colegios, donde aprendió setecientos treinta idiomas, zurcir bragas caladas, geometría arrítmica, caligrafía sostenida, teología aspirada, anatomía irreversible y un sinfín de cosas inútiles para, en teoría, el futuro que la esperaba.
El día de su décimo cumpleaños se inició en el consumo de estupefacientes. Su padre, Celipe Muñones, le regaló un televisor. Después, más o menos cinco minutos, vinieron los canutos de margarina (evitamos marcas), esnifadas de pasta de dientes y, cómo no, los destructivos picos de estropajo de aluminio.
Felipa cumplió once al año siguiente. Luego doce. Por lógica tendría que haber cumplido trece al siguiente año. No. Cumplió treinta, por la jeta. Su padre, el tal Celipe, asustado, confuso, se hizo hermafrodita y desapareció. Así pluff. Si te he visto no me has visto. Su madre seguía cultivando maiz vinagrero, como si nada.
Felipa se tuvo que hacer cargo de la empresa paterna, de la que no hicimos referencia ni haremos.
El día que Muñones tomó la empresa a su cargo quedó inmortalizado por el primo de Felipa (foto de cabecera)
El negocio marchaba sobre ruedas. Y aquí es donde Felipa, no se sabe si por mantener el culo prieto o por empatía con el negocio, se compró una bicicleta. Fué una mañana. Disponíase Felipa a coger su velocípedo y pedalear hasta el trabajo, cuando vió a un perrohhlobohh y su querida bicicleta salir del garaje, hablando cariñosamente, y perderse en la niebla matutina.
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