A sus 58 años en una mañana soleada de domingo, con el pueblo cubierto de una capa de nieve blanca, como suele ser la nieve, Patricio, el hombre con la misma cara de Steve Buscemi pero un cuerpo que podría haber aparecido en la película 300, contraía matrimonio con Mrs. Eunice Attery y sus dos apéndices. Pasaron una corta luna de miel visitando el Gran Cañón, se alojaron en un coquetón hotel de Flagstaff y visitaron también Las Vegas donde Patricio hizo que Eunice ganara doscientos mil dólares en la ruleta, dinero que luego donaron a una asociación por la defensa de los mapaches huérfanos siguiendo los píos impulsos de Eunice, que era una americana de pura cepa, de esas que uno sólo puede encontrar en “the land of the free and the home of the braves”.
Poco a poco, sin apenas darse cuenta, Patricio se convirtió en un honesto y fiel marido, se enamoró de su siempre sonriente esposa y a los 60 años fue padre por primera vez de un pequeño diablillo rubio. Una tarde, mientras cortaba el césped de su jardín sin dejar de saludar a los coches que pasaban por allí, con una sonrisa que podríamos catalogar de típicamente americana, Patricio entendió el significado de las palabras plenitud, felicidad y electromagnetismo. Una lágrima recorrió sus mejillas al observar a Eunice, encinta por segunda vez, recogiendo blackberries, raspberries y otras diferentes clases de berries en el bosquecillo adyacente a la casa. -Te quiero tanto!!!- dijo para si. Aquella tarde, también por primera vez, se arrodilló en soledad y dio gracias a Diós, aprovechando que al haberse hecho luterano tenía línea directa. Por la noche volvió a sentir las lágrimas aflorando a sus ojos al contemplar a Eunice tejiendo un jerseicito monísimo para su nuevo retoño. Posiblemente algunos, europeos, mayormente, pudieran pensar que Patricio se había convertido en un pobre hombre domesticado y encima orgulloso de las cadenas, pero no era nada de eso, era amor, amor y felicidad en su estado más primigenio. Para sentir esa clase de sentimiento hay que pagar el precio de ser un hortera empedernido, toda rosa tiene sus espinas, claro está.
Pero la felicidad, como la libertad, es un estado siempre amenazado, ya lo dijo Kafka y un señor que vivió en Aranda de Duero pero del que la historia no ha guardado recuerdo. Una mañana de verano, de esos veranos calurosos y húmedos de Iowa, Patricio disfrutaba de su té helado meciéndose en el porche de su casa, protegido por el follaje de un olmo centenario y por una gorra con el emblema de John Deere, cuando escuchó por la radio una noticia que hizo que a pesar de los 35 grados celsius notara un frío mortal.
CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA
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