Hace unos días la nieve hizo presencia en la península de Flørenes. No hablaremos de lo que un paisaje nevado nos evoca, no, para eso están las postales y los powerpoints, muy de moda por cierto. Hablaremos de lo que supone un leve cambio en las condiciones atmosféricas para los anónimos habitantes de la península.
Como la mayor parte de seres humanos, la población de la península (la llamaremos así para no tener que estar cambiando el idioma del teclado)al ver caer los primeros copos de nieve pensó: que bonito! que bien! navidades blancas! y cosas por el estilo. Hay que aclarar que estas expresiones estarían bien si la situación acompañara, cosa que no es nuestro caso.
Al grano vamos y si salpica pus es culpa del que lo aprieta. Por cierto que a veces me pregunto de dónde vendrá ese interés de hacer que una erupción cutánea explote mediante medios mecánicos, o sea usando pulgares de diestra y siniestra, apretando los dientes y salivando.
A lo que íbamos. Después de la nevada vino la lluvia. Con la lluvia la nieve se fue a tomar por culo. Por la noche heló. A primera hora de la mañana el camino que va de la península al continente era una bonita pista de hielo. Los vecinos arrancan sus vehículos, esperan el tiempo necesario para que la calefacción haga confortable el habitáculo y salen, optimistas ellos, hacia sus destinos. En la primera cuesta se produce el caos.
El coche A no puede seguir subiendo y su conductor (obviaremos nombres y modelos de coches) decide dar marcha atrás y coger impulso. En el intento acaba con una rueda fuera del camino. El coche B pasa por al lado del coche A y saluda amablemente a su conductor, el cual no saluda sino que intenta advertir del estado del camino (no sigais!! nooo!! insensatos!!!). El coche B tampoco supera la cuesta, detiene la marcha al segundo intento. Se abre la puerta del copiloto, baja del coche la señora del conductor, abre el maletero y sienta su voluminoso culo en él, todo esto con la pretensión de aumentar el agarre de las ruedas claro. Lo que en verdad hizo tracción fué el peso del culo de la solícita copiloto que se vió arrastrada por sus posaderas al oscuro maletero. El portón se cierra. La señora ha desaparecido. Siguen llegando más vehículos. El C el D...y unos cuantos más.
En medio de la oscuridad, con viento, lluvia y frío se discute quién llama al camión de la arena. Nadie oye los golpes que provienen del maletero del coche B, nadie echa de menos a la señora, la cual ya se ha meado las bragas y los leotardos, nadie quiere hacer la llamada -yo no tengo prisa, me olvidé las llaves de la sauna, hoy pondré para hacer caldo, dentro de un rato es más tarde...y excusas varias. La discusión sube de tono. Se calientan los ánimos, cosa que bien mirado tiene sus ventajas dadas las circunstancias.
Y en medio de este caos, cuando las voces dejan de ser inteligibles, cuando todos piensan que todos menos ellos son unos gilipollas, aparecen paseando plácidamente, uno al lado de la otra, una bicicleta y un perrohhlobohhh.
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