
Uno de los chalets de Remigio Cofrade en el que se le olvidó instalarse (está ocupado actualmente por una familia rumana de 235 miembros)
EL SUPERHÉROE CONTINUACIÓN
llamaron "hiperconstricción piloral"- tras la citada temporada, sigo, Remigio se dedicó sin ningún tipo de sonrojo al latrocinio y a aprovechar todas las ventajas que le daba su supervelocidad.
Empezó su acitvidad delictiva robando la caja de los supermercados y bares puesto que mientras el camarero se disponía a darle el cambio, Remigio podía tranquilamente sustraer dinero sin que nadie apreciara el mínimo movimiento. A veces los camareros quedaban anonadados si al cerrar la caja advertía que donde hubiera billetes de 50 euros ya no quedaba nada pero claro era imposible sospechar de nadie y mucho menos del vulgar personaje que tenían delante.
Lo extraordinario de su hipervelocidad es que Remigio podía controlarla a voluntad acelerando o desacelerando sus movimientos, de hecho cuando él estaba digamos dentro del espacio-tiempo hiperveloz, veía el resto del mundo totalmente detenido, estático, evitaba cualquier obstáculo sin ningún problema ni esfuerzo, nunca colisionaba con objetos, personas o animales ni con señoras de Alcántara. La velocidad no restaba exactitud a sus gestos ya que a mayor velocidad mayor lentitud percibía a su alrededor.
Después de los robos en las cajas de bares, supermercados y demás, empezó a sustraer dinero en los bancos de manera que evitaba cualquier posible remordimiento. Era muy sencillo esperar un furgón blindado y cuando abrían la puerta para trasladar las bolsas repletas simplemente las cogía y se marchaba de allí tranquilamente mientras el vigilante de seguridad, estupefacto, contaba y recontaba las bolsas una y otra vez.
No tardó en hacerse multimillonario por lo que tuvo que hacer un nuevo plan de vida. Seguía viviendo en su pequeño piso de 50 metros cuadrados en la periferia de Barcelona, un lugar húmedo y frío en invierno y caluroso en verano, como todos los áticos dicho sea de paso. Amontonado en diferentes lugares del piso se acumulaban más de diez millones de euros. Cambió su identidad, ahorro explicar la suma facilidad con la entraba y salía de registros civiles, comisarías y demás para modificar sus propios datos. Pasó a llamarse Álvaro de Castro y Cienfuegos, de profesión cirujano ortopédico, sí, evidentemente el título era falso. No se molestó en ir a despedirse a la carpintería donde lo cierto es que nadie dio mucha importancia a la ausencia de aquel tipo bajito y calvo que siempre estaba en un rincón del local, dedicado a dar capas de barniz y que no hablaba mucho con nadie a pesar de ser el más antiguo del lugar, aparte de Benito Antoñanzas, el dueño del negocio, el cual ante la ausencia de su más antiguo empleado simplemente se encogió de hombros murmurando “cría cuervos”.
Con parte del dinero a buen recaudo en diferentes cuentas y otra parte guardada en casa se lanzó a tumba abierta a una nueva vida de lujo, se mudó a una torre en Collserola, se compró un BMW con todos los extras y se gastó en una tarde doscientos mil euros en ropa y complementos, además en los conocidos almacenes La Cicatriz Británica exigió que despidieran al jefe de la planta de caballeros por no haberle atendido con la prontitud y respeto que él creía merecer, al principio el gerente había tenido cierto reparo en proceder al despido de un empleado realmente ilustre pero cuando Álvaro compró todas las existencias de la planta de caballeros, incluida la ropa interior del propio gerente, firmó, sin que le temblara la mano, la carta de despido fulminante.
Nada había que Álvaro no pudiera conseguir, de vez en cuando, para mantenerse en forma procedía a realizar algún nuevo latrocinio, a veces entraba y salía de la caja blindada de un banco simplemente y se llevaba un par de millones igualmente sin ser visto, otras veces entraba en joyerías y esperaba que un empleado estuviera mostrando joyas a algún cliente para apropiarse de ellas y luego disfrutar de la posterior discusión que normalmente tenía lugar ya que el empleado solía acusar al cliente que tenía en frente y no al tipo bajito que estaba a dos metros de ellos y que no se había movido.
Con el tiempo y con sucesivos cambios de identidades además de múltiples operaciones de cirugía estética que incluyeron cambio de retinas e iris, implantes de cabello, alargamiento y engrosamiento del pene, implantación de tibias más largas de titanio y otros pequeños retoques, Remigio o Arturo o Fernando o Jubal o cualquiera que fuera el nombre que usara en el momento, consiguió hitos con los que ningún mortal podría soñar. Fue dos veces campeón de la maratón de Nueva York, récord mundial de 100 metros lisos, campeón de la travesía al puerto de Barcelona, campeón nacional de petanca, además ganó la champions con el Alcoyano en una memorable final contra el Real Madrid al que vencieron por 7 goles a 3 consiguiendo nuestro héroe 6 de los tantos del equipo de Alcoy. Su gran frustración fue el no poder ganar el Tour de Francia pero eran demasiados kilómetros y la supervelocidad no le daba para tanto, eso sí, había conseguido ganar varios triatlones y ser dos veces medalla de oro de persecución en pista y de boxeo en la categoría de peso welter.
Una tarde viendo una película de Will Smith en la que el hombre hacía de superhéroe se sintió por primera vez totalmente vacío. En su vida no había ninguna mujer aunque había conocido a muchas, sus amigos no eran aquellas personas de toda la vida con las que uno va creciendo y estrechando lazos, todo era circunstancial, puntual, momentáneo. No había aprovechado sus poderes para ayudar a nadie más que a si mismo. Tras ver Supermán 1,2 y 3, Batman, Iron Man, Hulk, Spiderman, Dare Devil y Los Bingueros se dio cuenta de lo irresponsable de su actitud, la vorágine que había sido su existencia en los últimos diez años no le había dejado nada, bueno, sí, una casa en Beverly Hills, varios coches deportivos, un chalet en Torrevieja y otro en Marina d'Or, veinticinco rólex tres de ellos de platino y circonio, varias empresas en China. Evidentemente de sus posesiones había cedido una respetable cantidad a beneficencia pero sólo para evitar el fisco y realmente sin sentir que hacía una buena obra.
Sin embargo, como si ver aquellas películas fuese un hecho premonitorio, algo iba a suceder que iba a darle la oportunidad de resarcir a la humanidad de su egoísmo recalcitrante. Una tarde vio una sombra en la pared de su chalet mientras disfrutaba de su jacuzzi, curiosamente la sombra tenía la misma forma de un señor gordo rascándose la coronilla mientras empujaba un carrito de helados.
CONTINUARÁ.....
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