Jens, se llamaba Jens. Era el hacedor de cófrades. Tenía ochenta y tantos años, una vida a las espaldas, un caballo, una casa ruinosa y un establo que competía con la casa. No sabemos si en cuanto a permanecer en pie o a caerse.
A fecha de hoy la casa y el establo siguen en pie. El establo aguanta estoicamente los crudos inviernos boreales y las críticas de los vecinos. Algo así como: -Vaya mierda! esto se cae cualquier día y mata a un perro! o también el de algún otro que mirando el deplorable estado del edificio dice: -Mañana llueve, fijo.
La casa no tiene que oir estos bochornosos comentarios. Supondremos que por haber sido el hogar de nuestro amigo. La casa despierta en aquellos que la ven una sensación díficil de explicar. Valga el ejemplo del último dominguero que al llegar enfrente de la casa y gritando: ssssí' hoooommbre sííííííííííiíí, cayó postrado de rodillas. Los pantalones apenas le protegieron de las magulladuras hechas por la gravilla, es más acabaron en casa de la costurera. No para ser remendados sino al lado de la cama.
Tenemos también el caso de otro paseante que al ver la casa se quedó igual, como si no la hubiera visto vamos. Y el de la señora Frue que supo del efecto urticante de las ortigas en su ojete después de defecar en un embarcadero situado a dos kilómetros de la casa del entrañable hacedor de cófrades. El hecho es que la señora Frue a falta de papel usó un buen manojo de estas plantas a modo de secante. El deshaogo quedó en el embarcadero. Y allí sigue, en proceso de petrificacíon, como prueba de que se puede comer gloria pero se caga mierda.
Fin de la primera entrega.
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